El miedo tiene múltiples definiciones, dependiendo del enfoque que queramos darlo, de manera que:
Desde el punto de vista biológico, el miedo es un esquema adaptativo que constituye un mecanismo de supervivencia y defensa, y surge con la finalidad de permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia; por lo que tenerlo es beneficioso.
Desde un punto de vista neurológico, es una forma común de organización del cerebro, y consiste en la activación de la amígdala (conjunto de núcleos de neuronas) situadas en el lóbulo temporal.
Desde el punto de vista psicológico, es un estado afectivo y emocional necesario para la correcta adaptación del organismo al medio, que provoca ansiedad y angustia.
Y desde el punto de vista social y cultural, forma parte del carácter de la persona y está influenciado por la sociedad, por lo que se puede aprender a temer objetos o situaciones, pero también se puede aprender a no temerlos; dependiendo de lo que se considere bueno o malo en cada cultura.
Pero a pesar de todas estas definiciones, sin duda alguna el miedo nos alerta de peligros que no nos han ocasionado algún dolor, sino más bien de una amenaza a la salud o a la supervivencia. Además, el miedo se hace, no se nace con ello. El miedo se origina por un cúmulo de experiencias negativas o desagradables, ya que un bebé recién nacido que nunca ha sido asustado o ha visto cosas que le aterroricen carece de miedo.
Otra de las grandes cuestiones es por qué sentimos ese miedo ante ciertas situaciones. Pues bien, según un artículo publicado por Nature Neuroscience, se puede decir que el miedo es cuestión de números y depende de una votación "democrática" entre nuestras neuronas, ya que cada neurona puede distinguir individualmente lo que supone una amenaza de lo que no; por lo que si la mayoría se alarman sentimos miedo, pero si sólo se alarman unas pocas podemos permanecer tranquilos.

Los roedores enseguida aprendieron a distinguir entre los dos sonidos, el que anunciaba problemas y el que era neutro. Cuando las ratas ya tenían claro lo que había que temer y lo que no, los investigadores midieron la actividad eléctrica de sus neuronas, que es la base de la transmisión de los impulsos nerviosos; y vieron que con el aprendizaje la actividad eléctrica cambiaba, es decir, la mayoría de las neuronas respondían con más intensidad al sonido del peligro que al neutro.
Sin embargo, vieron que había un pequeño número de neuronas (que podríamos clasificar como miedosas) que no tenían esa capacidad de distinguir el sonido amenazante del neutro, y se alteraban en ambos casos. Pero a pesar de ello, se imponía siempre la opinión de la mayoría de las neuronas, y la rata se mostraba tranquila ante el sonido neutro.
Pero a base de repeticiones, los investigadores descubrieron que la actividad eléctrica en la amígdala (el cuartel general del miedo) había cambiado por completo. Ahora casi 5 de cada 6 veces las neuronas respondían de forma alarmante tanto al sonido peligroso como al neutro. Y esto se debe a que una gran parte de las neuronas habían perdido la capacidad de distinguir lo verdaderamente peligroso y se habían convertido en mayoría, lo que explica el comportamiento de "más vale prevenir" que surge de la sabiduría y experiencias previas.
Por esta razón, con el tiempo la persona aprende a tener menos miedos que de joven, ya que tiene más conocimiento de la vida, y la experiencia le ayuda a saber cómo actuar para evitar situaciones futuras que pueden provocar miedo o incertidumbre.
Pero, a pesar de que existe una gran variedad de miedos, muchos de ellos capaces de superarlos con el tiempo a base de esfuerzo y experiencias como por ejemplo: miedo a la oscuridad, a ciertos animales, pánico escénico...; siempre va a haber 3 grandes miedos comunes a todas las personas, que van a experimentar alguna vez en la vida y que no podrán evitar sentir. Estos miedos son: soledad, rechazo e impotencia.


El rechazo es otro gran miedo, sobre todo el rechazo social. Este miedo está estrechamente ligado al anterior, ya que al ser sociales nos gusta sentirnos aceptados y valorados por los demás, y el simple hecho de pensar que podemos ser desplazados por alguien o excluidos de alguna actividad o relación es insoportable. Además, este miedo provoca una disminución de la autoestima y de la confianza de uno mismo, llegando al punto de la depresión.

En definitiva, el miedo es una sensación muy presente a lo largo de nuestra vida y el hecho de tenerlo no es malo, ya que nos ayuda a aprender de los errores y de las malas experiencias. Gracias a él, podremos evitar en un futuro que ciertas situaciones se repitan y tener así una mejor calidad de vida. Y por supuesto, cuanto más escarmentados estemos, podremos prevenir mejor la aparición de estos grandes miedos.
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